El ambiente se carga de tensión. Uno de ellos da un paso al frente, lo suficientemente cerca como para que pueda oler su colonia. Su mano enguantada me roza la cadera de forma posesiva. —¿Cuánto crees que cuesta esto, novia?
Se me cierra la garganta. —Pagaré lo que sea. Solo dime cuánto.
La risa ronca del hombre hace que me duela el estómago. Se inclina hasta que su aliento se siente cálido contra mi oído. —Si tanto lo quieres… —Su palma golpea con fuerza mi trasero; el sonido corta la música y