Esa mañana, Abigail se sentía inquieta. Había algo que necesitaba compartir con Máximo, un secreto que había estado guardando durante demasiado tiempo. Se sentó frente a él en la cocina.
Abigail, aunque había tomado la decisión de revelar la verdad sobre lo ocurrido aquel fatídico día, sentía una lucha interna. Algo en su interior le susurraba que hablar sería un error, como si confesar significara ponerse una soga en el cuello. Sin embargo, ya nada de eso le importaba. Mientras se mantenía en