* GIOVANNI *
—¿Por qué no me dijiste que llegarías tarde, amor? —dijo mi esposa con su habitual voz dulce y cargada con un acento italiano bastante dominante.
Resoplé, malhumorado, apenas crucé la puerta y recordé que hoy —se suponía— debía cenar con mis suegros.
Maldición…
Lo olvidé por completo.
Y es que, jamás se me ocurrió que hoy cumpliría uno de mis más grandes deseos.
Finalmente, Candy es mía.
Mi percepción del tiempo y el espacio continuaba alterada luego de que abandoné el hotel con un