—Dilo, nena... —Insistió él, con la respiración entrecortada y la voz ronca, acelerando el ritmo de manera tortuosa—. Dime que no sientes nada.
—Enzo... joder... —Consiguió articular ella, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entreabiertos y la respiración completamente desbocada—. Cállate y..