—No te vayas a ningún lado... —murmuró Valeria en un hilo de voz, con las pestañas pesadas y la voz arrastrada por el cansancio extremo.
—Aquí me quedo, mi amor —susurró él al oído, acariciando suavemente su cadera con el pulgar—. No me voy a mover de tu lado.
El ritmo acelerado de sus corazones fue