Enzo la vio.
Y algo en su mirada se suavizó.
—Eras imposible de ignorar —continuó—. Siempre riéndote, haciendo lo que te daba la gana, diciendo exactamente lo que pensabas sin miedo a nada. Entrabas a un lugar y parecía que absorbías toda la atención sin siquiera intentarlo.
Valeria apartó la mirada