— . . . Punto de vista de Isidora . . . —
Esperé a que los pasos de Isabela se desvanecieran por completo antes de moverme. El eco de su voz aún flotaba en el aire, tan cargado de culpa que casi podía saborearlo. Sonreí. Era dulce, ese sabor a derrota.
Mi querida hermana seguía creyendo que podía redimirse, que un llanto y una confesión bastarían para limpiar años de engaños. Qué ingenua. Siempre tan frágil, tan lista para ofrecer su corazón como si alguien lo quisiera.