Luz
Cinco minutos.
Cinco largos y benditos minutos en los que veo a Camille dar vueltas por la cocina saltando y chillando como una niña pequeña.
De pronto se detiene y me mira. Sus mofletes pecosos están colorados y cubiertos por una fina capa de sudor.
—¿Enserio dijo eso?
La observo con ganas de ahorcarla.
—Si, dijo que cocinas como los Dioses, y que quedó maravillado.
—Ay virgencita, concédeme mi petición, si lo haces prometo no decir más malas palabras.
Pongo los ojos en blanco. Aho