Mi barriga de treinta y seis semanas ya estaba muy grande y pesada. Me costaba caminar y sentía que la bebé venía pronto, porque cada día que pasaba, las contracciones aumentaban más y más.
Estaba cansada de estar encerrada en la casa, ya me sabía de memoria cada rincón. En estos meses solo habían aparecido vagas imágenes de mi vida: un auto deportivo color negro no dejaba de rodearme la cabeza y mis sueños con unos bellos ojos azules no me dejaban pasar el día sin pensar en que había algo que