Un niño y una niña, como si el destino quisiera equilibrar el mundo a través de mi vientre. La vida, multiplicada por dos, lloró por primera vez entre las paredes del pabellón oriental. Yeonhwa temblaba. Las parteras lloraban.
Y yo…
yo pensé en él.
¿Estará vivo? ¿Estará herido?
¿Sabrá que ha sido padre?
¿Que su sangre, mezclada con la mía, ha traído al mundo dos corazones nuevos?
Seung fue el primero en verlos. Se acercó en silencio, como si no quisiera despertar un sueño.
—Son perfectos —dijo con la voz rota.
Lo miré.
Y sentí gratitud. No amor, pero sí gratitud. Porque él, a su modo, también había protegido a estos niños. También había velado por ellos, aunque no fueran suyos.
—Gracias —le dije.
Y esa fue la palabra más honesta que pude ofrecerle.
Ahora, mientras el cielo comienza a despejarse y el rumor de la guerra aún no se disipa, me pregunto cuánto más durará esta paz frágil. Cuánto tiempo pasará hasta que él regrese. O si, en verdad, regresará. Pero una cosa es segura:
No he f