Aquella mañana, el edificio del tribunal estaba abarrotado. Los periodistas se agolpaban frente a la entrada principal con cámaras y micrófonos, preparados para captar cada instante de lo que ocurriera tanto dentro como fuera de la sala de audiencias. El nombre de Marcella Jacob se había convertido en un imán para la atención pública, y aquella última audiencia representaba el punto culminante de un largo drama que había mantenido a todo el mundo pendiente.
Un automóvil negro con los cristales