—Ya podemos irnos, señorita Luciana —dijo Albert mientras ordenaba los documentos que aún estaban esparcidos sobre la mesa.
A lo largo de su carrera había experimentado muchas veces la euforia de una victoria en los tribunales, pero esta vez sentía que aquel triunfo era realmente perfecto.
Luciana, que hasta ese momento no había dejado de observar a la culpable, quien finalmente había confesado todo sin excepción e incluso había dejado de negar cualquiera de las pruebas presentadas en su contra