FERDINAND LEONARD
Ya llevaba un rato despierto.
El tiempo suficiente para observar en silencio cada uno de sus movimientos.
Mis ojos permanecieron entrecerrados mientras yacía allí, observando cómo la mirada de Charlotte se mantenía fija en mi pecho desnudo, con una expresión de total fascinación.
Tampoco se me escaparon los sutiles movimientos de sus dedos: cómo su mano se cernía con vacilación sobre mi piel, moviéndose ligeramente como si luchara contra el impulso de tocarme.
¿Y lo mejor?
El