El mismo asistente que me llevó la cerveza nos interrumpió para traerle una a Maël. Se dieron un choque de puños y se retiró.
—Préstame atención. Deja de jugar. ¿Joao lo sabe sí o no?
Le dio un trago a su cerveza.
—Por supuesto que sí.
Abrí mi boca.
—¿Y no…?
Maël plantó un beso en mis abiertísimos labios que sin tanta música, hubiesen sonado bastante extraño.
—Relájate. Él es mi amigo, no dirá nada.
—También es amigo de Fran.
Maël cambió la expresión.
—¿Y eso qué?
—Por Dios de Cielo. ¡Él conoce