TODO POR ELLAS
TODO POR ELLAS
Por: Mary Ere
INTRODUCCIÓN

—Cásate conmigo —pidió el hombre de cabello completamente oscuro, de piel clara y ojos divinamente azules.

La rubia de cabello corto y lacio, de ojos café claro, casi miel, no pudo evitar que su rostro se descompusiera por la sorpresa de lo que escuchaba, y se debió obligar a parpadear en repetidas ocasiones para retomar el control de sus músculos faciales, y así poder cerrar la boca que la sorpresa le abrió.

—Ni siquiera somos de la misma especie —parafraseó la joven algo que ese joven empresario hubiese dicho una vez de ella, y a Humberto no le quedó más que fingir que ese golpe que ella tiró no le había dado de lleno.

—Elisa bonita —habló el azabache, acercándose a la rubia que temblaba ante su cercanía, y sobre todo ante el dulce tono que les había impreso a esas palabras ese hombre que no podía negar que le encantaba, a pesar de lo mucho que lo detestaba—, ¿de qué estás hablando? Ambos somos seres humanos, ¿o no?

La mencionada sonrió con sorna, y tal vez se reía de la ironía, pero ese déjà vu, donde ambos habían intercambiado papeles y cuyo ambiente era completamente opuesto al de la última vez que ellos usaron esas palabras, era tanto hilarante como molesto.

—No juegue conmigo, señor Valtierra —pidió la rubia, evitando que la mano de ese hombre le acariciara el rostro, tal cual pretendía hacerlo—, sabe muy bien de lo que hablo, porque son sus palabras lo que acabo de decir.

—¿Y acaso no son tus propias palabras con lo que te respondí? —preguntó Humberto, sonriendo descaradamente—. Es cierto que yo dije primero que no éramos de la misma especie, pero, cuando lo dije, yo era demasiado idiota, así que estaba equivocado, y de ti aprendí una gran lección: ambos somos iguales y podemos estar juntos.

Elisa le miró como si él estuviera completamente loco, la joven incluso debió negar con la cabeza para sacarse del shock en que estaba cayendo, pues no era momento de congelarse.

Y es que ella sabía muy bien que, congelarse frente a ese hombre significaba que había caído en sus redes y que sería arrastrada por él hasta donde sus caprichos dieran, pero ella ya no tenía edad, y tenía demasiadas responsabilidades, como para dejarse llevar por un sujeto que, para ella, seguía siendo demasiado idiota, de otra forma no le estaría proponiendo matrimonio a alguien estaba a nada de odiarlo sobremanera.

—Jamás dije que podríamos estar juntos —aseguró la joven rubia, retrocediendo un par de pasos para poner distancia entre ese hombre y ella—. Yo también aprendí una lección aquella vez, y esa fue que, aunque ambos fuéramos seres humanos, lo cierto es que somos tan diferentes que podríamos ser de diferentes especies, tal como usted lo mencionó.

Humberto rodó los ojos. Viendo lo asustada que esa chica se vio cada que la sacó de problemas, él jamás se imaginó que ella tendría el valor de negarse a sus caprichos. Pero eso no le molestaba, no del todo, al menos, y es que había algo en su altanería que le encantaba un poco.

—Bien, pues en eso estamos a mano entonces —declaró Humberto de la nada, quizá por eso Elisa no entendió bien las intenciones del comentario, desafortunadamente para ella, él la ilustró con lo que quería decir, y eso era algo que odiaba tener que escuchar, a pesar de ser la pura verdad—, ambos aprendimos algo del otro, después de todo; pero, también después de todo, yo he puesto más en nuestra relación que tú.

A Elisa le sudaron las manos, y sintió de nuevo unas náuseas que no había sentido desde que se enteró de que estaba embarazada un par de años atrás, y fue justo esa comparativa lo que le presagió a la joven que, tal como en aquel entonces, lo que seguía no sería precisamente bueno para ella.

—Sabía que usted no era una buena persona, señor Valtierra —declaró la joven, con ganas de llorar debido a la impotencia que estaba sintiendo—, pero no esperaba que fuera tan mezquino como para cobrar los favores dados a pesar de que no le fueron pedidos.

—Pedido o no, yo te ayudé —señaló Humberto, que tampoco tenía buen sabor de boca echándole en cara la ayuda que le dio de corazón, pero él se valdría de todo lo que en sus manos estuviera para obtener un sí de esa chica—, y ahora soy quien necesita ayuda. ¿No sería justo que me ayude a quien antes ayudé?

—¿Ayuda? —preguntó Elisa, tan contrariada por el ritmo que estaba tomando la conversación, que se interesó sin querer en lo que no debía interesarle.

—Si no me comprometo pronto, mi abuela me desheredará —explicó Humberto y Elisa le miró confusa pues, efectivamente, eso era algo que a ella no le interesaba, no hasta que el hombre dio más razones de que fuera ella quien se comprometiera con él—, y si me deshereda, pues perderé todo, incluso ese edificio donde está la cafetería casi restaurante en que invertí hace poco.

Elisa suspiró, esa cafetería casi restaurante era su negocio, uno que le había costado mucho emprender y que, si no fuera porque ese sujeto le tendió la mano, aunque ella no se lo pidió, tiempo atrás habría cerrado y la habría dejado en la ruina y envuelta en una deuda que no podría pagar jamás.

» Entonces, ¿qué dices, Elisa bonita? ¿Me darías un poco de tu ayuda? —cuestionó Humberto, sonriendo al ver la resignación en el rostro de la chica que quería para siempre a su lado, y ella volvió a suspirar antes de hablar.

—De acuerdo —concedió Elisa Alatorre, sintiendo cómo su estómago se anudaba, igual que algo en su garganta—, me convertiré en tu prometida.

Humberto Valtierra sonrió, complacido, pero eso fue solo hasta que la rubia abrió la boca de nuevo, exigiendo una condición que le hizo rabiar, pero a la que no diría que no, aunque no pretendiera cumplirla, en realidad.

» Pero no nos casaremos jamás —condicionó la bella Elisa, acomodando detrás de su oreja su corto y lacio cabello, al mismo tiempo que carraspeaba para deshacerse de su incomodidad por estar aceptando lo que no quería hacer—. Señor Valtierra, le ayudaré con su plan porque le debo demasiado, y porque me conviene demasiado, también, pero no me casaré con usted nunca.

—De acuerdo. Hagámoslo así —farfulló el mencionado, con la ira burbujeándole en el estómago, porque él definitivamente no le diría que no a esa chica cuando ella ya había dicho que sí.

Humberto Valtierra había luchado mucho por tener a la joven justo donde en ese momento la tenía: en sus manos; así que no podía dejar que sus malos sentimientos echaran todo a perder.

Y, pensando en que no valía la pena molestarse demasiado, el hombre respiró profundo, tranquilizándose, pues, de todas formas, Elisa Alatorre terminaría casada con él, y juntos se convertirían en la familia más feliz del universo; y es que, al igual que ella, que haría todo por sus hijas, él también haría TODO POR ELLAS: sus dos amadas hijas y la mujer que amaba con toda su vida, aunque antes no lo hubiera sabido demostrar.

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