Al salir del ascensor, caminó a pasos firmes sobre las relucientes baldosas, que conducían hacia su oficina, al entrar frunció el ceño sintiendo gran molestia por la iluminación del interior, de inmediato tomó el control de uno de sus libreros e hizo que se cerraran.
Dio un par de pasos más, hasta descender el escalón en desnivel y tomó asiento sobre uno de los mullidos sillones de la sala, recargando su cabeza sobre el oscuro respaldo, perdiéndose en sus pensamientos.
—Le pedí a Tiana, que me