Habían pasado varias horas. Grité y golpeé y la pared. Algunas grietas ahora decoraban el cristal como relámpagos de ira. Cuando me cansé, la puerta se abrió. Y entró aquel hombre, junto a dos sujetos corpulentos. Los dos hombres lobo de aquel día. Todos llevaban unas máscaras con lentes polarizados y filtros de aíre.
No sí, la Súcubo con Covid-19.
Estúpidos.
Rodé los ojos y me crucé de brazos. Los tres franqueaban la entrada.
—Cuidado los contagio de ébola.
—Muy chistosa mujer.—murmuró