El sábado prometía descanso, sin embargo, Camila no sabía de la existencia de esa palabra.
A las ocho ya estaba tocando la puerta.
—¡Quieta ahí! —exclamó, tirando la cartera y las llaves en la encimera—. Ni se te ocurra tocar una sartén.
Yo aún tenía el pijama puesto. Iba a preparar algo para desayunar.
La miré extrañada, dejando la cafetera. —¿Por qué?
—Porque comeremos cuando salgamos. Estaremos el día entero afuera. —Gesticuló caminando por la sala, enumerando las actividades. —Iremos al sa