La habitación estaba sumida en la oscuridad, apenas iluminada por una lámpara tenue en la esquina. El cuerpo de Libia yacía sobre la cama, con el rostro irreconocible, lleno de contusiones. En el cuarto se escuchaba el monitor de signos vitales, mezclado con el sonido rítmico y constante de la ventilación mecánica invasiva, como si fuera un suave suspiro.
—Esperemos que todo salga bien —dijo el médico, inexpresivo.
—¿Hay posibilidad de que ella vuelva a la normalidad? —preguntó Lucas con el cor