Con sus propias manos.
La boda de su hermano había sido la pesadilla que imaginó. Katherine, su cuñada, era una chica con un molesto exceso de afabilidad, sonriendo a los invitados y abrazando a desconocidos como si los hubiera tratado de toda la vida. Mientras que su hermano, era el vacilón de su grupo de amigos, inaguantable.
—Cuñado, me alegro de que hayas podido asistir —le había dicho Katherine, con un genuino gesto de gratitud en el rostro.
—Muchas felicidades —se limitó a responder, aunque su cara no mostró ni