La dejé encadenada a la cama, mi semilla se derramó de ella. Unté el resto por su estómago y muslos, una marca final y humillante. Di un paso atrás, observando el daño que había infligido. Una oscura satisfacción se asentó sobre mí. No había terminado con ella. Ni mucho menos. Sabía que se avería otra ronda.
La observé, mi respiración venía en jadeos irregulares. La vista de ella, rota y humillada, alimentó un deseo oscuro y posesivo dentro de mí. Quería ver cuánto podía soportar, hasta qué pun