Al día siguiente no fue diferente del anterior. El dolor en mi cuerpo no había disminuido, y la opresión en mi pecho se hacía más pesada con cada hora que pasaba. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir la presencia sofocante de Theo y escuchar su risa burlona. Mis lágrimas habían empapado la almohada, pero ni siquiera llorar me daba alivio.
Cuando la puerta finalmente se abrió, ni siquiera reaccioné. Mi cuerpo estaba demasiado agotado para hacerlo. Pero cuando vi a Bell e