9. Sudor, agua y caricias
Hedrick caminó con sigilo y la vio a ella, sentada en el escritorio, tecleando en una computadora portátil. El cabello azabache lo tenía suelto y le lucía hermoso, como si fuera un río de oscuridad. Todavía tenía el mismo camisón de seda azul y eso era demasiado provocador. Se le acercó por la espalda y le dio un beso lento en la mejilla.
—¡Oye! —exclamó Heleanor, sorprendida y dejó de trabajar en el aparato tecnológico—. Estás todo sudado. —Ella se acordó de la presencia de su mejor amiga y te