Se mudó un sábado.
Llegó a las nueve con dos cajas, una bolsa y la lámpara. Esta última la llevaba aparte, envuelta en una manta con el cuidado de quien transporta algo importante.
Nadia abrió la puerta y miró la lámpara.
—La has envuelto —dijo ella.
—Es importante —respondió él—. Costó treinta dólares. Es cuestión de principios. —Pasó junto a ella y entró en el apartamento. Primero dejó la lámpara. La desenvolvió. La enchufó. La encendió.
El cálido círculo de luz inundó el rincón. Él la miró.