Amara no envió mensajes el miércoles.
Ni el jueves.
Nadia lo notó de inmediato; no con alivio —no exactamente eso—, sino con esa extraña alerta que surge cuando un sonido familiar desaparece de repente. El silencio no es lo mismo que el final, pensó.
No lo mencionó; Kai tampoco. Pasaron la semana como dos personas que hubieran acordado ceñirse a lo real y dejar que todo lo demás se difuminara en los bordes.
Él mejoraba cada día, de verdad. Se notaba. Se movía con más soltura. Las costillas magu