CAPÍTULO SETENTA

Reed llamó el viernes a las nueve de la mañana.

Kai ya estaba levantado y vestido; estaba sentado a la mesa de la cocina con su habitual café cargado, tal como le gustaba. Tenía esa expresión serena, casi absorta, que adoptan las personas cuando han pasado la noche dándole vueltas a algo en la cabeza y han tomado una decisión.

Descolgó el teléfono al primer tono.

—Reed —dijo.

—Evans. —Reed sonaba cauteloso, como alguien que se asegura de no traspasar ningún límite—. ¿Cómo estás esta mañana?

—Me
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