Juan escuchó el fuerte regaño de Celia, pero no mostró intención de detenerse.
Siguió pisoteando con fuerza las piernas de los pocos pandilleros restantes.
Estos hombres ya estaban temblando de miedo después del espectáculo que acababan de presenciar.
Ponerse de pie era difícil para ellos, y mucho menos resistirse.
Cada uno de ellos, como peces en una tabla de cortar, dejaba que el pie de hierro de Juan les rompiera las piernas.
—¿Alguna vez pensaron, cuando estaban violando a mujeres, cómo