El coche se lanzó por la calle y se detuvo en seco justo delante del alto edificio azul. Los neumáticos chillaron contra el pavimento, dejando marcas oscuras y llenando el aire con el olor acre a goma quemada.
Alex abrió la puerta de un empujón y salió corriendo. Atravesó la entrada a toda velocidad, subiendo las escaleras de dos en dos. La respiración le salía rápida y entrecortada.
Cuerpos sin vida cubrían los peldaños y los pasillos. La sangre manchaba los suelos en largas rayas y salpicaba