En la primavera del año siguiente a mi partida, regresé al sur del río.
No había séquito ni caminos cerrados. Tampoco había servidores de palacio decidiendo qué lugares debía visitar la emperatriz.
Viajaba en un barco de pasajeros de lo más corriente. Había hecho paradas en pueblos pequeños y, por culpa de la lluvia, me había perdido la floración en dos ocasiones.
Clara lo lamentaba por mí, pero a mí me parecía bien. Podía detenerme cuando quisiera y seguir cuando me diera la gana. Si no alcanza