Evangelyn llegó a casa, bajó del auto, pero Pablo la detuvo, él tomó su mano entre la suya y miró sus ojos.
—No me gusta verla triste, señorita.
Evangelyn alejó su mano, limpió sus lágrimas y sonrió.
—Gracias por preocuparte por mí, yo estoy bien.
Evangelyn entró a casa.
Pablo la amaba en silencio desde hace tiempo, pero la diferencia de clases era su mayor obstáculo para acercarse a ella.
La fiesta terminó y Evana se angustió de no encontrar a Evangelyn.
—Está en casa, no te angusties, a