—¿Me odias, Natalia? —exclamó Evangelyn, mirándola, sus ojos eran llorosos.
Natalia acarició su rostro, negó.
—¡Claro que no, boba! Te amo, siempre lo haré.
Volvieron a la casa, Natalia subió a Evangelyn a su alcoba, y durmió a su lado, le dolía verla sufrir por alguien que no la amaba, y ella misma sufría por Andrés.
«Debo arrancarme esto que siento del pecho, es una tentación, es un pecado, pero entre más lucho por ahogarlo, más viene a mí, no puedo escapar», pensó con dolor en el corazón.