21. Atacada.
Naira
El sol me golpeaba el rostro, abrasador y despiadado, y sentía que en cualquier momento iba a desmayarme. Esto era demasiado. Las mujeres que trabajaban para mi el señor Karl, murmuraban entre ellas cuando me veían, lanzando miradas cargadas de curiosidad y juicio. Una de ellas apenas se atrevía a dirigirme la palabra, pero yo no tenía ánimos de hablar. Quizá no sabían quién era yo; tal vez pensaban que solo era una chica más, una trabajadora cualquiera. Pero si supieran que estaba con