39. La desesperación y la Ira de un monstruo.
Karl
El eco de los gritos de Margaret en la cárcel de mujeres aún resonaba en mis oídos mientras abandonaba aquel lugar. La ironía de su destino no escapó a mi atención: una mujer acostumbrada a manipular a todos a su alrededor, ahora sometida a su propio infierno personal. Su esposo, ese hombre despreciable, estaba pagando su penitencia en la cárcel de hombres, rodeado de peligros que, con un poco de ayuda, se volverían inevitables. Había mandado a Mijael para asegurarnos de que ambos sintieran