19. Solo debo obedecer.
Naira
Me desperté mirando al techo, sin pestañear, paralizada por la avalancha de pensamientos que me acosaban. Mi cuerpo pesaba como si no me perteneciera, una extraña mezcla de cansancio y desconcierto me anclaba al colchón. Anoche perdí mi virginidad. El recuerdo aún estaba fresco, tan contradictorio como las emociones que provocaba en mí. Fue placentero, pero también doloroso, físico y emocional. ¿Cómo debía sentirme? Tapé mi rostro con las manos, intentando sofocar el torbellino de ideas.