El regreso a la rutina fue como un jarro de agua fría, un golpe de realidad que me obligó a espabilar de golpe. Tras los días agridulces y suspendidos en el tiempo junto a mi familia, me tocó arrastrar de nuevo el cuerpo y la mente hacia las aulas de la universidad y, en cuanto caía la noche, hacia mi trabajo como camarera en la discoteca Malibú. El ruido ensordecedor, las luces de neón parpadeantes y el olor penetrante a alcohol y humo siempre me habían ayudado a desconectar del mundo, pero es