Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla. Se sentó en el sofá y se cubrió la boca con la mano. Una segunda lágrima siguió a la primera. Y después otra. Por mucho que quisiera no podía contener el llanto.
–¿Leandra?
Soltó un sollozo y se llevó la otra mano también a la boca, como si así fuese a impedir derrumbarse por completo.
–Lea... –repitió él.
Ella negó.
–Me niego a que me manipules –añadió –. Si crees que las lágrimas van a hacerme cambiar de opinión...
–¡Tengo más orgullo q