A MEDIODÍA.
Los pasos de Zoey se detuvieron en el instante en que entró en la oficina. A pocos pasos, un hombre rubio, vestido con pantalones deportivos grises y una camiseta blanca de béisbol, estaba sentado con la cabeza echada hacia atrás como si acabara de salir de una novela romántica.
Como si lo hubiera invocado, ladeó la cabeza hacia ella, con una sonrisa en los labios mientras se incorporaba. "Hola", dijo con voz grave pero suave.
"Hola, ¿quién eres?", preguntó Zoey, pasándose una mano por el pelo.