Capitulo 25.

Las horas pasaban, mi impotencia y mi rabia iban, en aumento no sabía dónde estaba mi hija, y tampoco ayudaba el hecho de literalmente no tenía como demonios pagar un maldito abogado decente, la frustración me dominaba.

—Así no solucionare y definitivamente, debo encarar aquel canalla. —Tomé mi chaqueta y me disponía ir a la mansión de aquel mentiroso, pero mi mamá Rebeca me detuvo en el acto.

—¡Ángela Mendoza! —gritó la mujer tomando a su nieta de su antebrazo—, ¿A dónde piensas ir así de a
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