—Mira la casa —me susurró al oído con voz ronca—. Mira esa sombra en la ventana. Debe de ser tu esposo. Ahí está, preguntándose dónde estás y sin imaginarse lo que haces aquí, montada sobre mi pene, con el coño empapándome el regazo.
Miré hacia la ventana. La sombra seguía allí, inmóvil, observando.
Pensar que Julian podía estar mirando sin tener idea de lo que ocurría hizo que me apretara aún más alrededor del pene de Dominic.
—Eso es —gimió—. Lo sentí. Apriétame otra vez. Demuéstrame cuánto te