Estaba en mi puerta.
Había venido por mí. No había podido esperar. Estaba a punto de entrar en esta casa y poner sus manos sobre mí, justo allí, en el recibidor donde seguía colgada en la pared la foto de boda enmarcada de mi esposo.
Y yo iba a dejarlo.
Abrí la puerta con el corazón latiéndome en la garganta.
Un mensajero.
Un hombre con uniforme, una tabla para firmar en la mano y una caja larga y plana entre los brazos.
La sonrisa desapareció de mi rostro.
—Señora Celeste.
—Sí.
—Firme aquí, por