—¡Sos un imbécil! —gruñó con las mejillas rojas, abarrotadas de ira—. Casi me matas, idiota —expresó y nadó a la orilla, él se apresuró a hacerlo, y salió antes, entonces estiró su mano para ayudarla a salir, cuando ella correspondió el gesto, con delicadeza la tiró y la chica quedó a escasos centímetros de sus cuerpos.
Sus miradas se cruzaron, y él se quedó hechizado ante esos ojos de cielo, entonces notó ese particular acento, que le recordaba mucho a su tierra natal.
—Disculpadme, este ch