Alejandro inhaló y exhaló un par de veces, luego se acercó a Lolita, quién no pudo contener sus lágrimas, y al verla así, de inmediato la estrechó entre sus fuertes brazos.
—No voy a permitir que nadie te haga daño —enfatizó, y entonces escuchó los murmullos de las secretarias, giró para verlas sin soltar a Lola. —¿Qué hacen ahí? ¿Por qué no van a trabajar? —recriminó.
De inmediato todos volvieron a sus lugares, y él tomó el teléfono de la oficina y solicitó a Susan que convocara a todos sus