Las comisuras de los labios de Irene temblaban ligeramente. Desde que cumplió los dieciocho años, Juan siempre encontraba la manera de acariciarle la cara o pellizcarle el trasero de vez en cuando. A pesar de que su madre discutió incontables veces con él por esto, nunca cambió su comportamiento hasta que ella se fue a la universidad y abandonó la casa. Pero estas cosas no podían decírselas. Al cruzar miradas, contestó.
—No. —Robin aún parecía disgustado.
—No quiero que vuelva a suceder. —Se ref