La silla era mía.
Y Casio se sentó como si fuera suya.
Tenía los pies sobre el escritorio cuando entré, cruzados por los tobillos, con las suelas de los zapatos hacia mí como un saludo. Sus brazos colgaban sueltos a los costados. Relajado y cómodo. Como si hubiera llegado a un lugar que llevaba mucho tiempo planeando.
"¿Sorprendido?", dijo.
La sonrisa llegó con la palabra, lenta y deliberadamente. Bajó los pies del escritorio, uno a uno, sin prisa, las suelas golpeando el suelo con un doble gol