El viento soplaba inquieto, ascendiendo por el acantilado hasta aterrizar. Primero azotó el cabello de Lylah: mechones sueltos se alzaban, se enredaban y rozaban su rostro con cada leve movimiento de su cabeza.
Remi se apoyó firmemente en la silla, pero el viento tampoco la perdonó. Le jalaba el cabello, tirando de él hacia atrás, y luego le rozaba los ojos, obligándola a parpadear sin disminuir la velocidad. Apretó los labios y siguió caminando.
El sendero se estrechaba a medida que el terreno