Cuando Rebeca terminó sus tareas, ya eran más de las diez.
Había llegado el otoño y las recientes lluvias habían traído consigo un notable descenso de las temperaturas. Quizás estar demasiado tiempo sentada frente al ordenador la había dejado expuesta a las corrientes de aire, porque cuando cerró el portátil y se levantó para darse una ducha, un repentino escalofrío recorrió su cuerpo, seguido de una serie de estornudos.
Después del baño, salió con la nariz congestionada y una sensación de seque