Parada en la puerta de su casa, correspondí al beso desesperado de mi chico, con el mismo fervor suyo. Inició sutil, casi tímido, pero se fue intensificando con el anhelo de ambos. Nuestras lenguas danzaron en completa sincronía, queriendo más de esa divina caricia que nos invitaba a intimar cada vez con mayor desespero.
- Te extrañé - dijo con la respiración agitada.
- Yo también.
- Disculpa, te juro que... Samira no significa nada.
Pasé mis manos por su boca, silenciándolo y delimitan