Mirando mi teléfono, parada en el centro del comedor parecía una estatua viviente. Me mantuve inmóvil, sin que consiguiera aclarar mis ideas. La imagen era particularmente dolorosa, porque mostraba a mi rubio rodeando los hombros de Samira, quien reía, satisfecha de su obra. Comencé a sentir los dolorosos movimientos estomacales, acompañados de las intensas náuseas. Dunia, experimentada en la materia, me asistió con la infusión de la noche anterior, pero esta vez mi desesperación me llevó a la