JOHN FOSTER
No creí que Avril fuera a aceptar venir conmigo o eso fue lo que creí hasta que la vi entrar en el hangar, con su vestido violeta y sus ojos cargados de sueño, producto de todas esas noches sin dormir.
Se plantó frente a mí y noté que sus hombros temblaron por el frío aire nocturno o tal vez por mi presencia y el viaje al que ella estaba aceptando. Me quité mi saco y cubrí sus hombros. Sentirla tan cerca me embriagaba, su calor, la suavidad de su piel, mis ansias por tocarla. Me