AVRIL STEEL
Sentada en una incómoda silla de plástico, con los codos sobre mis muslos y mi rostro apoyado en mis manos, esperaba impaciente fuera de la oficina de mi abogado. Le entregué mi teléfono y llamó a unos especialistas para que valoraran las pruebas.
Mi mirada se paseaba por el pasillo mientras mis ojos se clavaban en las manecillas del reloj o en el tecleo constante de la secretaria, cuando por fin la puerta se abrió. El hombre entrado en años, con mi teléfono entre sus manos me so